
Desde el domingo en la madrugada, en que se produjo la muerte física de mi abuelita Pina (Josefina Gutiérrez Parra, como se presentaba ella con mucho orgullo y la frente en alto), no he tenido tiempo de pensar. En este momento cae la lluvia sobre Santiago y de fondo se escucha la conmovedora ‘Peace’ de Apocalyptica. Se supone que estoy lo suficientemente tranquila como para hacerlo y no puedo imaginar un fondo más ideal para mí misma. Pero estoy atorada.
Por un momento creí que podría explicar toda una vida junto a ella, mientras estuvo consciente de que yo existía y era su ‘nietecita Rosita Mabel’. (Alguna vez intenté describir el pesar que me causó el hecho de que no me recordara más, con Evaluna).
También me da una especie de malintencionado orgullo, con toda la mala intención que pueda existir en mi ser, de no escribir: ella fue buena, generosa, nunca la olvidaremos...,como suele ser una reflexión sobre alguien muy cercano que ha muerto.
No quiero eso para ella, siempre fue pequeñita de estatura, pero su orgullo era grande. Ella era una soprano, una poetisa y una ‘autora y compositora’, perteneciente a la Sociedad del Derecho de Autor y así es como quiero homenajearla. Aunque haya vivido pobrezas y pasado una vida llena de preocupaciones, la mayor de ellas, cómo alimentar y sacar adelante a tres hijos abandonados por su padre.
Pero no hablaré de eso, hablaré de la soprano que cantaba en la Radio el Pacífico y que dejaba admirados con su belleza y su voz a todos quienes la veían o escuchaban. A la autora y compositora de: Viejo cántaro de greda, A ti mi Chillán, Porque la vida es así y la del Campesino Fermín, que no recuerdo ahora el nombre.
Esa era mi abuelita Pina. Aquella que siendo una niña, viajaba junto a su padre, profesor de música, por diferentes ciudades del sur de Chile y se quedaba dormida oliendo su espalda. El mismo padre que moriría con 32 años de edad por una tuberculosis.
Mi homenaje va para aquella sobreviviente del terremoto de Chillán, que estuvo dos días bajo los escombros y sobrevivió para contarlo, aquella que en ese mismo terremoto, con 17 años de edad perdió a su madre y no pudo conformarse hasta tres o cuatro días antes de morir también.
Mi abuelita que nos contaba las historias de Pedro Urdemales y de don Otto, la que nos recitaba con voz quejumbrosa “En el fondo del lago” de Diego Dublé Urrutia y que para nosotros, sus nietos, era “La vieja Paulina” sin más autor que su sabiduría. También me recitaba la poesía más hermosa del mundo, aquella de Rubén Darío para Margarita Debayle, con aquel poema yo me animaba a imaginar aquella inmensidad desconocida que era el mundo.
Ella guardaba más poesías en su mente que la mejor recopilación que puedan encontrar en alguna librería.
Con la misma facilidad podía tildar a un chico de ordinario e indigno de alguna de sus nietas, y al otro día estar en una tienda de campaña junto a toda la comunidad del hogar de menores “Fundación Mi Casa”, poniendo crema en la cara de un sorprendido niño que tenía la nariz rota por el sol y la sal de la playa, diciéndole con esas frases tan de ella: “mijito, mire como tiene la cara, venga para ponerle crema”, “¡pero venga, pues!”.
Me retaba porque fumaba mucho, y cierto día que compartíamos en un restaurante para bohemios y se nos unió un señor que quedó extasiado por la voz de mi tío (un señor de dinero) , esperó a que estuviera bien ebrio y le sacó al menos unos diez cigarrillos y me los pasó diciendo: guárdelos, guárdelos...muerta de risa por la travesura que acababa de cometer.
Ay, Pinita, recordarte es más risa que llanto, porque fuiste muy pícara y sí, sí, sí...lo diré: fuiste buena, generosa y admirable.
Creo que dentro mío dejaste: el amor por la escritura, el amor por la naturaleza, el amor por el sonido del viento entre los árboles, la nostalgia de estar en un lugar que no te permite estar en otro lugar, porque si estuvieras ahí, sentirías nostalgia de aquel lugar en donde estás, el consentir demasiado, el mate, mi primer poema “Campesino de mi tierra”, que se parecía tanto al del “Campesino Fermín”, los dibujos de paisajes, los cuadernos con escritos llenos de borrones, y el escribir por las orillas cuando no queda espacio en la hoja. También frases como: “y así por el estilo”, “¡se va a ir de punta!”, “chinita”, o “hasta verte Cristo Mío”.
Pues Josefinita, mi chinita, no he derramado una sóla lágrima escribiendo para ti, porque te veo sonriendo con esa sonrisita medio ladeada y cómplice. Aseguraría que te tentaste de risa, hasta de los cantos de tu responso, porque la voz no era adecuada o estaba desentonada, así es que ahora que te sentaste a mi lado mientras escribía, para decirme que escribir y que no, también te ríes junto a mí de tus travesuras, de éstas y miles más que hemos ido recordando en familia y que quién sabe si algún día sean reveladas a la humanidad, como tu arte, como siempre quisiste que sucediera. No dudes del sentido de misión de tus nietos.
Un beso para cada una de tus mejillas y para tu frente, ¿existe eso en la inmensidad?...bueno, un beso para ti.
Con todo lo que tengo dentro para mi hermana Silvia, mi hermano Ricardo y mis primos hermanos: Ingrid, Alejandro, Josefina, Gioconda y Yessi.